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CLUB DE POETAS

CRÓNICA DE UN ENCUENTRO (II) por Muad; 1ª parte.

CRÓNICA DE UN ENCUENTRO (II) por Muad;   1ª parte.

GIJÓN ABRIL 2006

El viaje fue luminoso y lleno de verde monotonía salpicada de casitas blancas con tejados rojos, casitas blancas con tejados rojos, casitas blancas con tejados rojos…De vez en cuando aparecía un azul sin horizonte.
La autovía era un continuo tobogán donde los locos de cada día ponían a prueba la capacidad de Dios para hacer milagros. Parece ser que Dios se mantiene en buena forma.


Mientras resolvía un sudoku insultantemente facilón, Coletitas ponía en pie un batallón de naipes que se erguían unos sobre otros en precario equilibrio en busca de su propia cúspide y de su permanencia efímera…corrí a por la cámara antes de que cualquier meneillo atmosférico diese al traste con el rascacielos. Hay foto… ¡hay foto!...

No era una cocina grande, pero era suficiente. Una mini mesa, unos mini taburetes someramente acolchados, algunos con mini respaldo para mini espaldas.
Tardó en abarrotarse lo que tardamos nosotros en llegar con la compra; lo que hasta entonces fue una cocina suficiente, empezó a parecerse a una estación de metro japonesa en hora punta. De la avidez por la horizontalidad pronto se pasó a la avidez por la verticalidad. El suelo, relativamente pisable hasta ese momento, pasó a convertirse en zona minada parcialmente resbaladiza, y en algunos momentos, descaradamente pringosa. La mesita desapareció de la vista sepultada bajo un sinfín de artilugios y las sillitas parecían cada vez más minúsculas, sólo aptas para minús-culos.
En estas angustiosas condiciones, nuestra amadísima cocinera Brissa tuvo que emplearse a fondo, dar lo mejor se si y sacar adelante sus exquisitos platos… ¡ays, qué mejillones!
Cuando la placa de vitro fue encendida y puesta a la máxima potencia, 6, la potencia brilló por su ausencia, y unas anchoas rebozadas que nos hubiésemos comido crudas, ( a esas horas no estaban nuestras tripas para remilgos,) intentaban freírse sin conseguirlo.
Los ingenieros intervinieron para dilucidar la causa de la escasez de energía, que si el diferencial, que si poca potencia, que si los cables, que si cuernos, hasta que, tras casi una hora de precaria fritura, nuestro genial científico Habanita dio con la clave: la máxima potencia no era 6 sino 1. So bobos.
Para entonces las mandíbulas ya estaban activas y daban cuenta de ciertos embutidos y quesos, y de cuantas exquisiteces de uso inmediato había disponibles. Se abrieron las botellas de clarete de Rioja y las anchoas empezaron a pasar a los habitáculos estomacales saciando unas hambres que ya empezaban a tomar tintes dramáticos. Nadie se sentaba. La excitación del encuentro, las perspectivas inmediatas, las primeros intentos de adecuar el piso a nuestras manías, las primeras conversaciones y el cachondeo que había, todo ello dio lugar a que nuestros culos apenas tocaran silla. Nos dieron las tantas y las cuantas, cosa que iba a ser la tónica general de todos y cada uno de los días, culminando el desatino horario el mismo sábado en el que a las cuatro de la tarde andábamos con un aperitivo de supervivencia y una paella por hacer.

Unos madrugábamos más que otros. Por lo general era yo el que antes amanecía, excepto un día en que Coletitas ya andaba por allí. Las andanzas nocturnas eran escasas y, salvo la primera noche en que tras la segunda meada me salió de la cocina una especie de Habanita que por poco me provoca un infarto del susto que me dio, los sueños transcurrían apaciblemente. Cuando Mimo se incorporaba, una vez duchados y desayunados, (se desayunaba al buen tun tun,) nos liábamos a jugar con los naipes, el dominó o el parchís.
Y fue al iniciar una partida de parchís con tres jugadores cuando se nos ocurrió que las fichas que no eran de nadie las pudiésemos utilizar todos indistintamente en nuestro turno, bien para comer fichas a los otros o bien para obstaculizarles. Fue un exitazo de partida.
Ya de vuelta a casa se lo propuse a las amigas de mi hija pequeña, pero en la modalidad de cuatro jugadores. Cada jugador incorpora a sus fichas una ficha más de color negro, fichas que son comunes y que cada jugador puede mover en su turno si así lo desea. Pues está haciendo furor. Probadlo.

Bajé meteóricamente por la avenida de la Constitución hasta las mismísimas puertas del edificio donde supuestamente ya se encontraban Mimo, Brissa y Habanita. Aparqué en precario y le di caña al móvil hasta que una Brissilla entusiasta me saludó con un “¡hola niñoooooooooooooo!” “Asomaos que estoy aquí.” “Niño, que no estamos en el piso, que estamos más arriba de la avenida y vamos a por la compra…ven a buscarnos…” “Valeeee…”
Vuelta hacia atrás sube que te sube la avenida y allí me los veo en una esquina soleada, Mimo echándome el alto, Brissa con la oreja colgada del móvil y Habanita, tan elegante ella, con una chupa tres cuartos negra y con cara de tempanito primaveral, que los airecillos de Gijón aunque vayan soleados, son puñeteros y calan hasta los tuétanos.
Aparqué en precario, como de costumbre, y me lancé a los besos y a los abrazos, (juraría que Mimo había crecido,) y esperamos a que Brissiña acabara con el móvil, es decir, que acabara de hablar para abrazarla, que ya tenía ganas.

Dos años antes en Sabadell yo era una máquina de perderme por sus calles, laberínticas como pocas con una colección de encrucijadas que te lobotomizaban los mapas y te ponía cachonda la brújula. Gijón es de una sencillez aplastante, si nunca pierdes de vista el norte, es decir, el mar. Así que aunque preguntamos por el hiper dos o tres veces en ninguna de ellas tuvimos que corregir la trayectoria, y aterrizamos en el aparcamiento como si fuésemos de allí de toda la vida.
Era como sentirse en familia, una familia todo lo “sui generis” que se quiera pero familia al fin y al cabo, lanzada a la heroica empresa de aprovisionarse de víveres para afrontar un fin de semana que amenazaba con un asedio feroz a nuestro apetito insaciable.
La verdad es que, ante no sé qué presunta escasez alimenticia, nos entró una especie de pánico tal que empezamos a echar cosas al carro hasta dejarlo a punto de reventar. Nos llamó entretanto Cris para ver de ir a buscar a… ¡Coletitas! Que llegaba a las… ¡dos y cuarto! “Ya cojo yo mi coche y me voy con Charo a por Freedom…” Podíamos seguir tranquilos con nuestra labor de vaciar el hiper. Con las de Gijón al tanto, la ciudad, que aún nos parecía extraña, nos pareció un poco más nuestra, hasta el punto de que se nos quitó esa pestecilla a forastero tan difícil de desprender. Ya éramos de Gijón de toda la vida. O casi.
Nos asomamos al mar, mar de Gijón. El horizonte se disolvía en dudas azules y blancas, sin tener muy claro dónde acabar el mar y dónde empezar el cielo. Olía a nostalgia. Una brisa más que fuertecilla nos vapuleaba sin darnos tregua, entristeciendo un sol que se las daba de chulo brillando en plan luminosillo, pero que en realidad no daba la talla. Era un azul irreal, carne de recuerdo, el típico azul de academia de pintura para señoritas de mirada etérea, un azul envolvente, extrañamente tranquilo en un Cantábrico apacible y dormilón. Así que, en vez de paladear los brebajes en la terraza, decidimos pasar al interior, tras los cristales, donde tuvo lugar la primera de una serie de variopintas tertulias donde se empieza hablando del dichoso chat y se acaba cencerreando por las verdes colinas. Las primeras confidencias asomaban con encantadora timidez, mientras Mimo y algún hambriento más que habían padecido en mayor medida la peripatética y desorganizada comida de aquel primer día del encuentro, se resarcían con cierta voracidad de las penalidades pasadas y asesinaban el gusanillo de un hambre parcialmente (muy parcialmente) saciada.

El sábado transcurría entre naipes y dominós mientras Brissa y Habanita se decidían amanecer en un día sobradamente amanecido. Y el pulpo y sus primos los calamares esperaban impacientes en el frigo a que las expertas manos culinarias de Brissa hicieran con ellos ese extraordinario guisote que, a pesar de lo tardío, mereció la pena catar. Sentados a la mesa. Como si comer juntos fuese la cosa más natural del mundo. Como si hubiésemos comido juntos desde la fundación de Roma, (ab urbe condita.) La sensación…

Bajé a comprar el hacha de guerra, es decir, la azadilla que nos iba a servir para plantar el acebo. Fue una suerte que al otro lado de la calle tuviésemos a nuestra disposición una tienda de chinos más que mediana, benditos chinos, dónde estaríamos ahora sin ellos. Allí comprábamos naipes, cuadernos, bolis, y en definitiva, todas aquellas bobadas totalmente imprescindibles que siempre que sales por ahí te dejas en casa.
Como durante ese día todo había ido tardío y parsimonioso, salimos a por los coches casi con lo puesto rumbo a cierto lugar que ZenyZienta conocía. Saltamos de rotonda en rotonda, nos metimos y nos salimos de una autopista atestada de locos, y encaramos una carretera empinada que se retorcía entre cientos de verdes primaverales. Lloviznaba con esa suavidad con que llovizna en las tierras del Cantábrico, impregnando el silencio de un rumor continuo que pasa totalmente desapercibido si no te pones a escucharlo.
Aparcamos bajo unos eucaliptos apáticos. Desde allí se veía un poquito de cielo, un poquito de mar y un poquito de ciudad. Pasamos la carretera hasta una especie de zona de recreo con un par de mesas y alfombrado con una hierba que crecía espesa y despeluchada; después de oscilar de aquí para allá en busca del lugar adecuado dimos con un rinconcito abrigado, ligeramente inclinado, donde comenzamos a cavar furiosamente y por turnos espontáneos, unos con más estilo, otros con más entusiasmo, todos con un toque de emoción que afloraba sin querer en los gestos y en las palabras. Hasta tal punto llegó el entusiasmo por ahondar el agujero que hubo que parar el carro porque, un poco más y, en vez de plantar el acebo, casi lo enterramos.
Lo colocamos, le echamos tierra y lo tacuñamos. Por fin nos quedamos contemplándolo, allí, como uno más de nosotros, aceptando la tierra y la lluvia que ya hacía brillar sus hojas coronadas de pinchos.
Nos entró la fiebre por las fotos, todos queríamos plasmar y ser plasmados en un escenario único, histórico, como si intuyésemos la importancia que para un grupo humano como el nuestro pudiera tener aquel lugar, aquel momento, hito y referencia para un esperanzador futuro, nuestro futuro como amigos entrañables en busca de lo inacabable, de lo infinito, de lo eterno.
Ojalá que algún día, todos podamos reunirnos de nuevo alrededor del acebo, hijo de nuestros deseos, fruto de lo que cada noche nos regalamos.
La llovizna también ponía brillo en nosotros y en nuestros chubasqueros, aunque iba amainando según la tarde se apagaba. Cris, la guardiana del acebo, estará cerca de él y nos tendrá al tanto de sus primeros pasos en ese rincón donde, si todo va bien, iniciará su camino hacia las estrellas y, después de ver cómo año tras año volvemos a reunirnos a su alrededor, cada vez más viejos, cada vez más sabios y cada vez más amigos, nos sobrevivirá por largos años como testigo de algo hermoso y único.

Cris nos llevó a la cima de un acantilado bastante elevado al que no le faltaba hierba para pastar, lejanía para perderse, azul para soñar, un faro pirulero y un sol que se ruborizaba más y más según se iba cayendo hacia el horizonte, hasta que se puso rojo como un tomate despertando ohs y ahs en las delicadas sensibilidades de poetas y poetisas. Tomamos un camino y, en continua pelea contra el empuje de un viento que la mar nos disparaba, caminamos hacia el fin del mundo de aquella tarde.

Volvimos. Nos esperaba una noche larga e intensa pero antes debíamos ir a casa a encasquetarnos nuestras mejores galas para en acontecimiento que se avecinaba. El piso echaba humo a causa de tanto meneo, tanta ida y tanta venida, tanto entrar y salir, tanto reflejarse y ser reflejado…recomponerse para tan gran acontecimiento trae laboriosos trabajos y onerosas manipulaciones, y nuestros cuerpazos requerían de todo nuestro arte y de todos nuestros afanes. Por fin, después de la batalla, acabamos más o menos deslumbrantes.


No me pidáis orden ni concierto, pues odio las cronologías. Hubo un encuentro. También una despedida. Entre uno y otra, una avalancha de imágenes, una muchedumbre de palabras, un sinfín de gestos y una infinidad de risas, todo ello salpicado del cariño de las miradas y la cercanía de los contactos, los besos y los abrazos. Compartimos techo y mesa, compartimos el aliento, compartimos sueños y decepciones, alegrías, fracasos, todos depositados en la memoria de quienes sabemos que los guardarán cerca del manantial de sus pensamientos, donde vive lo intocable, lo sutil y lo inaprensible. A veces pienso si no fue un sueño lo que vivimos. No puso ser porque fuimos muchos los que lo soñamos. Y me encantaría volverlo a hacer.

Guapos e impecables, tras arduos trabajos cosmético-traperiles, nos lanzamos plano en ristre a buscar el escondido bar nocturno donde habíamos quedado con Zeny y La-sin-nick para degustar una velada poética a la que acudíamos con muchas ganas.
Era la última noche. Todos lo sabíamos. Cada uno para si. Y también que el día siguiente iba a ser morrocotudo, lleno de prisas, ansias, decepción porque a pesar de que tres días son tres días, teníamos la sensación de que el administrador de nuestro tiempo nos había estafado miserablemente.
Y lo peor. Sí. Las despedidas.
Encontramos por fin en una callejuela una puerta con dos farolillos regordetes y entramos en un bar de copas cuyo centro neurálgico era un autobús de los tiempos de mi tatarabuela, muy mono y bien conservado. Desde el interior del autobús, una o dos camareras, según, se afanaban por hacer realidad esos mejunjes de moda que se piden como quien sabe lo que se pide y que se beben sin rechistar y sin leer los ingredientes.
A la izquierda de la entrada había una especie de pequeña alcoba con una mesa y unas sillas austeras, cuyas paredes estaban decoradas con algunas fotos…también de los tiempos de mi tatarabuela, un aparador con artilugios no demasiado modernos y las puertas de entrada a los servicios que le daban a la alcobita un tinte cosmopolita muy campechano pues todos los que querían evacuar tenían que pasar por allí. Pero para nosotros, los poetas, colgarnos de las regiones celestiales y nadar por esas estratosferas ajenas a los vaivenes mundanos, no es ningún problema.
Cris y Charo aparecieron espléndidas, es decir, más espléndidas que de costumbre. Entraron y pasamos a ocupar la pequeña alcoba que parecía preparada para eventos como el nuestro. Pronto, de la superficie de la mesa, empezaron a brotar papeles y carpetas, libros, tabaco, vasos, botellines y toda clase de armatostes que nunca pueden faltar en una velada que se prevé prolongada e interesante.
Todo el mundo recitaba con la emoción subida, dando lo mejor de si, aunque cuando lo hacía Cris todo era más intenso, más crudo, y entraba más adentro. Oí versos que nunca había oído, en alas de las voces amigas, y me dejé llevar sin oponer resistencia olvidando por una noche mis filias y mis fobias poéticas…
LOS VERSOS DE CRISTAL, el libro, nuestro libro, pasó de mano en mano y de voz en voz depositándose mansamente en nuestros pensamientos y siendo conscientes de que el libro salido de nuestras entrañas era algo vivo y palpitaba en nuestras manos.
Nos dieron las tantas. Y las cuantas. Y eso que alguien tenía que madrugar más de la cuenta.

Nos retiramos con pereza, con esa lentitud que a veces adoptamos intentando engañar al tiempo para que zanganee él también con nosotros. La noche, lo que quedaba de ella, nos esperaba afuera. A la luz de las farolas y al abrigo de una esquina recién lloviznada estuvimos un buen rato, dando lugar a que se disiparan las últimas brumas poéticas, depositando algunas risas en medio del silencio de las calles e inaugurando el ritual de despedidas que iba a culminar el día siguiente, dejándonos el corazoncito hecho una piltrafa gelatinosa y fofa.


Cierto día, ciertas mujeres casi amanecen con el crepúsculo. Bueno. Quizás exagere un poquillo. Si ya de por si las despertadas y las levantadas eran tardías a más no poder, aquel día, no me preguntéis cuál porque soy viejo y ya no estoy para trotes, las mujeres se superaron, porque la noche anterior, después de que Mimo y yo nos retirásemos muertos de sueño a nuestros aposentos, se quedaron a rajar y perdieron allí la noción del tiempo, del espacio y del resto de las magnitudes físicas susceptibles de medición hasta la fecha.
Por fin conseguimos salir a palpar el ambientillo de aquel viernes más o menos santo con Miguel Ángel en plan de guía. Así que salimos en busca de Mimo que nos esperaba en la iglesia de San Pedro. Hacia allí nos guió el guía por rutas misteriosas hasta que preguntamos a un amable gijonés para salir de líos. Y salimos de líos justo en el paseo marítimo lleno de luz aquel mediodía y barrido por un vientecillo que poco a poco te iba calando y minando la moral. A lo lejos pudimos ver la iglesia que buscábamos. Y uno de aquellos puntitos que se veían por allí era Mimo que nos esperaba. Sin darnos una prisa excesiva, sesión de fotos viene, sesión de fotos va, recorrimos el tramo de paseo que nos quedaba hasta la iglesia de marras. En la pequeña plaza que había ante la portada, sentado en un banco estaba Mimo. Después de contemplar a la Macarena y a la Dolorosa, cuyo paso intentamos levantar en vano Mimo y yo, (ver foto), subimos por una calle un poquitín empinada hasta lo más alto de un montículo que se asomaba al mar, dominado por una de las típicas paridas de Chillida, (según los entendidos es el no va más en no se sabe qué espacios y oquedades,) que lo mismo te peina un viento que te monta un mitin de rumores de mar. Dice él.
Lo cierto es que pegaba un vetarrón fresquete que nos bamboleó todo lo que quiso y más. Hasta que nos hartamos de tanto vapuleo y, después de hacer el indio subidos al palo mayor__ exactamente a la plataforma de proa y aferrados a las maromas de un barco-parque infantil, __ Miguel Ángel y yo, pretendimos pasar a la posteridad a través de una foto que misteriosamente ha desaparecido, suponiendo que en algún momento apareciese. La posterioridad nos rechazó, es innegable. Pero el año que viene lo volveremos a intentar.


Eran las tres. Tatatá tatatá.
Teníamos hambre y teníamos sed. Tatatá tatatá.
Entramos en un chiringuito a comer y a beber.
Cacahuetes.
Más cacahuetes.
Vino ribera de Duero. Vino ribera del Duero que Mimo sacó…Tototó tototó
¿Qué es eso?
¡Queso!
¡Qué alegrón!
¡Jamón!
Teníamos más hambre que Ro…
Robinson Crusoe. Tototó tototó.

Fue un oasis en medio de un desierto para nuestros estómagos. Pero según vimos que la cosa se quedaba corta y que la presunta paella que deberíamos comer pertenecía tan solo al mundo de lo posible, se decidió enviar una avanzadilla vía taxi urgente al centro de operaciones culinarias para hacer que la paella pasara del mundo virtual al mundo real. ¿Y las llaves? Cuando el taxi caxi arranca se acuerdan de las llaves….

Había un pequeño lío con los billetes. Por lo visto, los afectados sabían cuando iban pero no cuándo venían, es decir, estaban a verlas venir. Así que hubo que ir a la estación de… autobuses. Nos costó un rato encontrarla ya que parecía que íbamos más pendientes de pasear por las acogedoras calles de Gijón sabiéndonos en agradable compañía que de dar con la dichosa estación. Preguntamos a alguien que nos hizo dar un drástico cambio de dirección. Sólo Dios sabe dónde hubiésemos aterrizado si no llegamos a preguntar.
Volvíamos a casa renqueando y con pocas ganas de llegar. Así que, a pesar de tener el frigo hasta los omoplatos de comida, decidimos cenar en un bar muy tranquilo a base de cazuelitas y pamplinas similares. Hablamos de nosotros y de losotros, llamamos a doña olé-olé-y-olé, Ranyana para los amigos, (enemigos es imposible que tenga,) escribimos poemas en el mantel, nos reímos de todo por nada, hicimos y deshicimos planes indistintamente y le dimos vueltas hasta dejarlo del revés a nuestro tema favorito: el canal y sus caminantes.


Cris nos subió al mirador. Todos los vientos vespertinos con sus látigos helados se habían dado cita allá arriba zarandeando a todo bicho viviente sin el más mínimo miramiento. La gente salía de los coches y en cuanto asomaba el moco, se iba, eso sí, después de haber disparado las cámaras, inmortalizando una puesta de sol con mucha luz y poco calor.
Subimos al mirador del mirador, más que para ver más lejos, para que el viento nos acabase de vapulear el cutis, dejándonos esa cara encogida, rojuzca y lacrimógena que suele dejar el viento frío cuando se pone pesadito de verdad. Subimos unas escaleras de esas que parece que te llevan a las esencias celestiales pero que en definitiva se suben con la única finalidad de tenértelas que bajar.
Tras inmortalizar desde las alturas aquella tarde que nos reunió, bajamos a casa donde los restos de los restos de la comida nos saludaron, incluidos unos mejillones que estaban para chuparse los dedos, las manos y hasta los codos.


Encendimos las velas y apagamos la luz. Así que aparecieron los fantasmas, (son a las veladas lo que las guindillas a un buen cocido,) las ouijas, (aparatos que sirven presuntamente para dar el coñazo a los muertos,) las psicologías para anormales, las esencias postmodernas entredibujando energías improbables, filosofías poco de fiar, creencias aguachinadas, esencias indeterminadas y total para acabar haciéndonos la pregunta del millón: ¿Dónde está Wally? Todo muy divertido.
Empiezo de nuevo.

Encendimos las velas y apagamos las luces. Nuestros pensamientos empezaron a cruzarse en la cálida y acogedora atmósfera del salón. Nuestros mundos, los mundos de cada uno, se contemplaron, se sonrieron, se hicieron juntos a la mar, chocaron, se rompieron, volvieron a recomponerse y a recombinarse… éramos nosotros de verdad, desnuda nuestra mirada, con la risa a flor de piel y bajo el control minucioso de nuestros amigos, con ganas de conocer y de ser conocido.
Otra vez.
Encendimos las velas y apagamos la luz.


El chiste tonto lo contó Mimo. Por lo visto era un clásico de otras quedadas, pero yo no lo había oído jamás, y si lo había oído no me acordaba ni por lo más remoto.
¿Que no te lo sabes? Sí, hombre, ese de… ¡muerte o… tatanga! Como comprenderéis no pienso castigaros contándolo aquí, pero si alguna vez aterrizas en alguna quedada y coincides con el inefable Mimo, no dudes en pedirle que te lo cuente. El chiste es soso como él solo, pero tal como lo cuenta se te partirán las partes de risa. El caso es que cualquier ser humano con la azotea medianamente amueblada pensaría que el lema de una quedada de poetisos y poetisas podría ser algo así como… “ponme un lecho de rosas sobre el mar…” o… “no me quiero ir de vuestro lado, antes de tirar el dado…”, yo qué sé, algo empalagosillo ¿no? Pues no. El lema de esta quedada es, por goleada, “…muerte o… ¡tatanga!”, para escarnio de nuestro currículo y diversión de las generaciones futuras.
Aunque… bien mirado, me gusta. Es rotundo, relativamente enigmático, de indiscutible contundencia, sonoro y va sazonado con un punto picante que despierta nuestras más ocultas complicidades y enervadas burbujillas.
Me lo quedo.

continuará...

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