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CLUB DE POETAS

Matilde Alba Swann

Matilde Alba Swann


Matilde Alba Swann, es el seudónimo de Matilde Kirilovsky de Creimer, hija de Aliaquin Kirilovsky y Emma Ioffe, y nacida el 24 de febrero de 1912. Casada con Samuel Creimer, fué madre de cinco hijos.

Fue bachiller con la Promoción 1929 del Colegio Superior de Señoritas hoy Liceo Victor Mercante, y se licenció en Derecho en 1933 a los 21 años en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata.

Ejerció la profesión durante más de 50 años con el respeto y cariño de sus colegas. Se la recuerda logrando la absolución de la recordada uxoricida Remberta Nieves, o interponiendo resonantes acciones de amparo persiguiendo mejorar la situación de los indefensos. Extracción de sangre de menores tutelados; sufragio de los menores tutelados. Trato inhumano a los internados del Hospital Melchor Romero. Fue presidente de la Comisión de Minoridad del Colegio de Abogados e integró su Tribunal de Disciplina. Fue asesora en temas de minoridad del Ministerio de Acción Social, del Ministerio de Salud y de diversos Gobernadores de la Provincia de Buenos sin distinción de banderías políticas.

(información recogida en http://www.matildealbaswann.com)

SU POESÍA:

LLUVIA

Lluvia, hoy no te siento.
Hoy no eres nada
mas que agua vertical.
Apenas si te escucho
golpear el pavimento
y llamar con tu clave
sobre mi ventanal

Lluvia, hoy no eres nada
para mi desaliento
nocturno y abismal.

Cuando era niña hallaba
en tu cancion un cuento,
y ya en mi adolescencia
me diste un madrigal.
Ahora lluvia tengo
tanta tristeza adentro,
que no me dices nada
solo te oigo golpear.


POBREZA A LOS DIEZ AÑOS

Toda mi angustia tuvo la forma de un zapato.
de un zapatito roto, opaco, desclavado.
El patio de la escuela... Apenas tercer grado...
Qué largo fue el recreo, el más largo el año.
Yo sentía vergüenza de mostrar mi pobreza.
Hubiera preferido tener rotas las piernas
y entero mi calzado. Y allí contra una puerta
recostada, mirando, me invadía el cansancio
de ver cómo corrían los otros por el patio.

Zapatos con cordones, zapatos con tirillas,
todos zapatos sanos. Me sentía en pecado
vencida y diminuta, mi corazón sangrando...
Si supieran los hombres cuánto a los diez años
puede sufrir un niño por no tener zapatos...
Que anticipo de angustia. Todavía perdura
doliéndome el pasado. El patio de la escuela
y aquel recreo largo...

Mi piecesito trémulo, miedoso, acurrucado.
Mi infancia entristecida, mi mundo derrumbado.
Un pájaro sin alas, tendido al pie de un árbol.
La pobreza no tiene perdón a los diez años.


SUEÑO QUE LLUEVE

Sueño que llueve y que me estás queriendo.
Cielo en congoja, mi corazón deshace,
y deshaces con él; lluvia tú mismo
me transcurres lento;
yo me dejo llevar por los canales
inundados de hojas
y de pasos
y un crujido me llora desde el hueso.
El mundo en selva
de colores
viene
a espejarme en nosotros, y a impregnarnos
de misterio, de aroma y de raíces.
A la vera de esta
irrealidad, palpita, un niño tibio
que indeciso arrima
con su barco de papel y quiere
navegar nuestra sangre.
Sueño que llueve; acaso estés soñando
a mi ritmo, y amándome,
y en tanto,
esta lluvia silente, tal vez sueñe
ser mujer, y sufrir.
Avido el suelo que la bebe sueña, quizás,
ser hombre y consumirla; ruedo
como una gota entre tus brazos, vuelco
sollozando tu nombre.
Tu deslizas, compactado llanto, por mi cielo
y rompes; un deshacer unidos,
ya no somos, y despierto.
Sin nosotros, y sin sí mismo, el sueño
se ha quedado soñando
ser la muerte.

PARA LA NIÑA QUE MURIO ELECTROCUTADA

Ay de la niña que quiso cortar una rosa blanca
cruzando el cerco prohibido.
Su corazón de amapola en chispas de azul morado
como un cristal se deshizo.
Quedo la niña pegada, sus alas de mariposa
contra el alambre plomizo.
Un soplo habría bastado, pequeña de rubios rizos
y cien rayos y centellas calcinaron su latido.
Su cabecita doblada sobre el pecho sin sonido,
perfuma para ella sola la rosa que tanto quiso.
Y en el jardín que protege el alambrado encendido,
hay un duelo de corolas y una protesta de trinos.
Con la manito extendida quedaron sus dedos fríos,
sus párpados transparentes como pétalos de lirio.
Una mañana de gloria, de sol y olor a junquillo,
puso mortaja a la niña blanca de rubios rizos.
En el cielo azul intenso, las claras nubes formaban
ramos de rosas y mirtos.
Desde la hamaca cayeron sus mañanas al vacío,
y con cortejo de alas, el sueño de la pequeña
penetró en el infinito.
Aquella noche la luna cortaba como un cuchillo.
En las venas de la niña sangre y cobre derretido,
y la visión de la rosa como dos lotos de armiño,
flotando está en el estanque de sus pupilas de vidrio.
Las luciérnagas se turnan para alumbrar el camino.
El viento gime una ronda, y sollozan las estrellas
una canción de rocío.
Ay, de la niña que quiso cortar una rosa blanca,
cruzando el cerco prohibido.

Canciòn y Grito - 1955

Hora de nutrir a mi niño

Dos misterios de almendra son tus ojos
del color de las nubes
sobre mi seno lleno.
Y tus manos por la breña caliente,
dos corderos pequeños
que deslizan,
su inocencia de dedos.
Una fronda de oro, tu cabeza,
voy soñando en guedejas
la caricia
de un regazo lejano en el recuerdo.
Y me bebes.
Yo me quedo trasvasando a tus venas
y me siento, y me creo,
toda gota de pura y mansa leche.
Mediodía, reiterado en tus labios
como pétalos.
Es la hora del pájaro dormido,
y del silencio verde.
como un río
conducido por peces intocados,
vas llevando mi cuerpo
y este tiempo de abejas y de olivos.
Y me suelto,
andar tibio de pasos succionados,
voy fluyéndome lenta por caminos
de tu sol y tu cielo.
Hora calma,
tu redonda mejilla que aletarga
su corola de luz, sobre mi pecho.


Gestación

No me digan cosas rudas que yo no quiero enojarme.
Hoy quiero saberme, sentirme, hoy quiero sentirme suave
para que tenga dulzura la existencia que en mí late,
esta vida que ya siento que se nutre en mi sangre.
No me digan cosas rudas que va mi hijo a escucharles,
mi hijo que no comprende, mi hijo que nada sabe,
mi niño que está durmiendo en tibio nido de carne.
No me digan cosas rudas, ni me cuenten nada grave,
ni me hagan saber tristeza, ni que me asome a la calle.
Yo quiero mirar jardines, ver el verdor en los parques,
escuchar las tibias notas del gorjeo de las aves.
Que en mis venas se deslice mansa y plácida la sangre
Para que en ella se acune mi niño sin despertarse.
No me digan cosas rudas porque no quiero asomarme.
Necesito que comprendan que ya no estoy para nadie.
Déjenme mirar los peces a la orilla del estanque.
Déjenme que se columpien mis sueños bajo la tarde.
Un arrorró imperceptible trae en sus notas el aire,
Y la sonrisa de un niño se presiente en el paisaje.


Alumbramiento

Yo no temo Señor, esto
me iguala a ti, que me creaste.
Del fondo de mi entraña, torbellino de sombras,
tus siete días nacen.
La cósmica alborada que encendiste gigante,
será un milagro nuevo,
poniendo en resplandores su anuncio por mi carne.
En mi dolor, el caos, aquel que tú ordenaste,
y me oprimen tus rocas, me socavan tus mares,
me atraviesan tus peces de filosas escamas,
y se brota mi cuerpo con tus plantas salvajes.
De la hoguera al rocío,
del fondo del misterio tu fuego por mi río.
Mis raíces se aferran, mi corteza se parte.
Por cavernas y bosques se desgarra mi grito
y en la noche sin bridas se desboca mi sangre.
Mi cansancio desciende con su fina llovizna.
Un helecho que trepa hacia el sol, del abismo;
se incorpora mi fuerza... ya se enciende la chispa.
En el centro del todo va creciendo la nada,
remolinos que giran enredando mis aspas,
y mi lágrima arrastra sus arenas de acíbar.
Y desnuda y abierta, secular amenaza,
va mordiendo mi carne su castigo la Biblia.
Trayectoria de lanzas,
tu génesis recorre mi cuerpo fibra a fibra.
Y tu tierra y tus soles y tu fuego y tu aire,
y tu agua y tus días,
se concentran en torno de mi fragua encendida.
Así fue la mañana.
Arco iris, el llanto que cantó son de vida.
Se soltaron las voces de mis dos fuentes blancas,
y la paz de los lagos:
Bajo un cielo de párpados, mi dolor sonreía.


Momento maternal

Espiga, racimo
mis trigos maduran,
fermenta mi vino.
La tierra se comba,
mi piel, pergamino
se estira y abulta
creciendo mi niño.
El sol en rubores decora la fruta,
naranja dorada
mi niño madura.
Se doran mis prados
y vuelca mi río
su cauce colmado.
El alba destila su luz en la sombra
de nuevas pupilas.
Arrullo de cuna, mecidas en rama,
se duermen las hojas,
mi niño descansa.
Las nubes ovillan sus blancas madejas
trazando mejillas.
Exhalan las horas rumor de existencia,
mis manos me tocan,
asoma a mis venas
miedoso latido,
y siento en mis manos
dos alas que tiemblan,
y tiemblan mis plumas
su gozo de nido.

Matilde Alba Swann
Con un hijo bajo el brazo. 1991.

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