Blogia
CLUB DE POETAS

El Teatro

LA VENGANZA DE DON MENDO de Pedro Muñoz Seca

LA VENGANZA DE DON MENDO de Pedro Muñoz Seca
La venganza de Don Mendo es una obra teatral de Pedro Muñoz Seca, que fue estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1918, ambientada en la España medieval, y se convirtió en un gran éxito como comedia. Hoy en día es la cuarta obra más representada de todos los tiempos en nuestro país junto con Don Juan Tenorio, Fuenteovejuna y La vida es sueño. Es, además, un recorrido por casi todos los metros y formas estróficas de la poesía castellana.

La obra pertenece al género, creado por el autor, del astracán. El astracán es un género cómico menor que sólo pretende hacer reír a toda costa: La acción, las situaciones, los personajes incluso el decorado dependen única y exclusivamente del chiste, que suele ser de retruécano y de deformación cómica del lenguaje.

La venganza de don Mendo está escrita en versos polimétricos y poliestróficos, con una gran variedad de rima y de ritmos, que dependen de la situación y que varían según el momento, aunque la facilidad de Muñoz Seca para la rima hace que éstos se mezclen, a veces, por criterios arbitrarios.

Las combinaciones y metros son los más usados en el teatro romántico y modernista, aunque hay reminiscencias calderonianas y del Romancero.

El verso más usado es el octosílabo, en forma de romance, seguido de las quintillas, cuartetas y redondillas. También son frecuentes los endecasílabos, combinados con los heptasílabos (a modo de silvas) y dodecasílabos divididos en dos hemistiquios (6+6), aparte de los pareados y tercetos.

Normalmente utiliza versos monorrimos, esdrújulos y agudos, que crean un gran efecto cómico y una sensación más acusada de ripio. Rimas en eco, enumeraciones rápidas, encabalgamientos torpes hechos a propósito, en definitiva, crea una música forzada, ripiosa, facilona con el único fin de parodiar.



La venganza de Don Mendo es una obra que abunda en juegos de palabras y golpes de humor; una reducción al absurdo de los elementos propios del drama histórico con fines paródicos. Se unen elementos detonante del ayer y del presente en obvios anacronismos, haciendo además que personajes medievales se muevan en un mundo dominado por la moral utilitaria del tiempo de Muñoz Seca.

Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/La_venganza_de_Don_Mendo

FRAGMENTO: El protagonista, Don Mendo, conversa con su amada, Magdalena en una escena de las mas conocidas de la obra:

(Mendo, apuesto caballero como de treinta años, bien vestido y mejor armado.)
MAGDALENA.– (Yendo hacia él y cayendo en sus brazos.) ¡Don Mendo!
MENDO.– (Declamando tristemente.) ¡Magdalena!
Hoy no vengo a tu lado
cual otras noches, loco, apasionado...
porque hoy traigo una pena
que a mi pecho destroza, Magdalena.
MAGDALENA.– ¿Tú triste? ¿Tú apenado? ¿Tú sufriendo?
¿Pero qué estoy oyendo?
Relátame tus cuitas, ¡oh, don Mendo! (Ofreciéndole una dura banqueta, bastante incómoda.)
Acomódate aquí.
MENDO.– Preferiría
aquél, de cuero, blando catrecillo,
pues del arzón, sin duda, vida mía,
tengo no sé si un grano o un barrillo.
MAGDALENA.– ¡Y has venido sufriendo!
MENDO.– ¡Mucho!... ¡Mucho!
MAGDALENA.– ¿Cómo no quieres, di, que te idolatre?
Apóyate en mi brazo, ocupa el catre
y cuéntame tu mal, que ya te escucho. (Ocupa don Mendo un catrecillo de cuero y Magdalena se arrodilla a su lado.
Pausa.)
Ha un rato que te espero, Mendo amado,
¿por qué restas callado?
MENDO.– No resto, no; es que lucho,
pero ya ya mi mutismo ha terminado;
vine a desembuchar y desembucho.
Voy a contarte, amor mío,
la historia de una velada
en el castillo sombrío
del Marqués de Moncada.
Ayer... ¡triste día el de ayer!...
Antes del anochecer
y en mi alazán caballero
iba yo con mi escudero
por el parque de Alcover,
cuando cerca de la cerca
que pone fin a la aberca
de los predios de Albornoz,
me llamó en alto una voz,
una voz que insistió terca.
Hice en seco una parada,
volví el rostro, y la voz era
del Marqués de Moncada,
que con otro camarada
estaba al pie de una higuera.
MAGDALENA.– ¿Quién era el otro?
MENDO.– El Barón
de Vedia, un aragonés
antipático y zumbón
que está en casa del Marqués
de huésped o de gorrón.
Hablamos... ¿Y vos qué haceis?
Aburrirme... Y el de Vedia
dijo: No os aburriréis;
os propongo, si queréis,
jugar a las siete y media.
MAGDALENA.– ¿Y por qué marcó esa hora
tan rara? Pudo ser luego...
MENDO.– Es que tu inocencia ignora
que a más de una hora, señora,
las siete media es un juego.
MAGDALENA.– ¿Un juego?
MENDO.– Y un juego vil
que no hay que jugarlo a ciegas,
pues juegas cien veces, mil,
y de las mil, ves febril
que o te pasas o no llegas.
Y el no llegar da dolor,
pues indica que mal tasas
y eres del otro deudor.
Mas ¡ay de ti si te pasas!
¡Si te pasas es peor!
MAGDALENA.– ¿Y tú... don Mendo?
MENDO.– ¡Serena
escúchame, Magdalena,
porque no fui yo... no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;
yo vi un cinco, y dije «paso»,
el Marqués creyó otro el caso,
pidió carta... y se pasó.
El Barón dijo «plantado»;
el corazón me dio un brinco;
descubrió el naipe tapado
y era un seis, el mío era un cinco;
el Barón había ganado.
Otra y otra vez jugué,
pero nada conseguí,
quince veces me pasé,
y una vez que me planté
volví mi naipe... y perdí.
Ya mi peculio en un brete
al fin me da Vedia un siete;
le pido naipe al de Vedia,
y Vedia me pone una media
sobre el mugriento tapete.
Mas otro siete él tenía
y también naipe pidió...
y negra suerte la mía,
que siete y media cantó
y me ganó en la porfía...
Mil dineros se llevó,
¡por vida de Satanás!
Y más tarde... ¡qué sé yo!
de boquilla se jugó,
y se ganó diez mil más.
¿Te haces cargo, di, amor mío?
¿Te haces cargo de mis males?
¿Ves ya por qué no sonrío?
¿Comprendes por qué este río
brota de mis lagrimales? (Se seca una lágrima de cada ojo.)
Yo mal no quedo, ¡no quedo!
¡Quién diga que yo un borrón
eché a mi grey que alce el dedo!...
Y como pagar no puedo
los dineros al Barón,
para acabar de sufrir
he decidido... partir
a otras tierras, a otro abrigo.
MAGDALENA.– (Ocultando su alegría.)
¿Qué me dices?... ¿Vas a huir?
MENDO.– Voy a huir, pero contigo.
MAGDALENA.– ¿Perdiste el juicio?
MENDO.– No tal.
Resuelto está, vive Dios.
Y si te parece mal,
aquí mesmo, este puñal (Saca un puñal enorme.)
nos dará muerte a los dos.
Primero lo hundiré en ti,
y te daré muerte, sí,
¡lo juro por Belcebú!
y luego tú misma, tú,
hundes el acero en mí.
MAGDALENA.– (Ocultando su miedo.)
Es que tú puedes pagar
con algo... que alguien te preste...
y luego para medrar
puedes partir con la hueste
que organiza el del Melgar.
Y yo aquí te aguardaría
y al Conde prepararía,
y al volver de tu cruzada
nuestra unión sancionaría.
MENDO.– ¡Calla!
MAGDALENA.– ¡Sí!... ¿Qué piensas?
MENDO.– ¡Nada!
MAGDALENA.– ¡Salvado, don Mendo, estás!
Pagas las deudas, te vas,
luchas, vences y al regreso
loca de amor me hallarás
aquí.
MENDO.– ¡Nunca!... ¡Nunca!...
MAGDALENA.– ¿Y eso?
MENDO.– Porque... ¿cómo a pagar voy?
MAGDALENA.– ¿Cómo? (Se dirige a un mueble y saca un estuche de orfebrería.)
Si ya tuya soy
y lo mío tuyo es... (Le da el estuche.)
este collar que te doy
has de aceptarlo, Marqués.
MENDO.– ¡Dios santo!
MAGDALENA.– Ve mi intención,
de rodillas te lo ruego,
véndelo, paga al Barón,
tu honor salva, y parte luego
a unirte al rey de Aragón.
MENDO.– (Dudando.) Es que...
MAGDALENA.– Todo está arreglado.
MENDO.– Pero mi honor...
MAGDALENA.– No comprendo...
MENDO.– Temo que algún deslenguado
lo sepa, y diga: don Mendo
es un vil y un deshaogado,
que se pizca de aprensión
aprovechó la ocasión
que él creyó propcia y obvia
y pagó a cierto Barón
con alhajas de su novia.
Y me anulo y me atribulo
y mi horror no dismulo,
pues aunque el nombre te asombre
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de... chulo.
MAGDALENA.– ¡Basta, don Mendo!
MENDO.– ¡No!... ¡No!
MAGDALENA.– (Trágica.) ¡O aceptas ese collar
que mi mano te donó,
o tú no me has de matar,
pues he de matarme yo! (Ruido de espadas que chocan entre sí.)



¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

La Venganza de Don Mendo (y 2)

Una consecuencia lógica es el uso indiscriminado de caprichosos «arcaísmos» como «yo mesmo», «follón», «agora». Hay también ecos del teatro poético -se recuerda la fórmula de González Ruiz a propósito de los dramas pseudo - históricos- en el desaforado jurar de los personajes: «¡Lo juro por Belcebú!» «Mendo: ¡Vive el cielo! ¡Venga el duelo! / Pero: ¡Vive Dios! ¡Aunque sean dos!».

Tradicional ha sido hacer reír en el teatro a costa de un costumbrismo desorbitado que presenta tipos y acentos provinciales o extranjeros. En don Mendo hay una marquesa de Tarrasa que habla con fuerte acento y que a veces se expresa en un catalán dudoso:

¡Qué precios, Mare de Deu!

No vi duncel más hermós

ni en Sitges, ni en Palamós,

ni en San Feliú... ni en Manlléu.

Aparecen también unos hombres de armas vizcaínos al servicio de don Nuño, con nombres tan enrevesados como Otalaorreta y Mendingundinchía, y aquí y allá, hay unas palabras en «latín», en italiano y en «caló», además de un conjuro en un galimatías que pretende ser árabe.

Ni los personajes se comportan con el decoro debido a su condición, ni tampoco se expresan en ocasiones con un lenguaje adecuado al rango de su época. La lengua convencionalmente solemne y antañona de estos caballeros y estas damas está salpicada de expresiones y palabras modernas, de coloquialismos y a veces de giros vulgares que contrastan violentamente con el tono general. Doña Ramírez piensa que «aquí se va a armar la gorda», exclama «¡A mí... plin! » y don Mendo cae en la cuenta de que con Magdalena está «haciendo el primo», «el oso» y «el canelo». También suele tener gran efecto el contraste entre una palabra o una frase prosaicamente moderna y el resto del diálogo:

MONCADA: Os lo diré:

Mas por Dios tranquilizaos

MENDO: Estoy tranquilo. Sentaos.

MONCADA: Muchas gracias.

MENDO: No hay de qué.

A veces estas expresiones alcanzan un tono subido disfrazado apenas con una palabra de sonido semejante, «¡Hacen falta más Quiñones! » o con un sinónimo, «es más coqueta / que las clásicas gallinas».

Abundan las paronomasias: «cerca de la cerca», «sabed que menda es Don Mendo»; la deformación intencionada de vocablos que llega hasta la ruptura voluntaria de reglas gramaticales, siempre con fines humorísticos: «Pieces» por «pies», «rompido» por «roto», y la invención de neologismos derivados absurdamente: «Gracia tan loadora y valedora». Características son también las dilogías o equívocos: «y don Pero que es un pez / está por vos escamado», «terció y os hizo mal tercio» .A veces el juego de palabras se hace con nombres propios: Doña Sancha casó con don Suero pues «en aquel Suero veía un remedio»; unos nobles asturianos, llegados desde Pravia para salvar el honor familiar, exclaman: «Para lavar el baldón, / la mancha que nos agravia, / Conde Nuño, henos de Pravia», y sus palabras recuerdan así un anuncio del jabón Heno de Pravia.

También abundan las alusiones a personas, cosas o situaciones contemporáneas, tan frecuentes en esta parodia. Merecen especial atención las de índole taurina que tenían el éxito seguro por ser clarísimas a todo aficionado y por referirse a la infidelidad conyugal. Un ejemplo: El rey, que es amante de Magdalena, premia las proezas guerreras de don Pero permitiéndole que añada a su escudo cinco banderas pequeñas («banderillas») junto a una cruz y además el lema «No hay barreras para mí, / pues si hay barreras, las salto», por haber tomado las plazas de Alcoló y del Olivo. En términos taurinos resulta que el rey le pone cinco banderillas en la cruz al marido cornudo quien tomó el olivo (se refugió en los burladeros) y, según reza su divisa, es capaz de saltar todas las barreras que se le presentan.

La aliteración también está presente:

¿Qué incoa

mi espíritu? Lo que incoe

ya mi cerebro corroe.

¿Más qué importa que corroa

Aspid que mi pecho roe

prosigue tu insana roa...;

la anáfora: «Aquesto es, Renato, que muero de amores; / aquesto es, Renato, que muero de celos. / Aquesto es que anhelos...»; y la repetición de una misma palabra o de sinónimos: «y la creyó y difundió / y me ofendió y ultrajó...».

El manuscrito de La venganza y el de El pendón de don Fruela muestran que su autor escribía con facilidad y dejándose llevar por el ritmo de los versos que salían de su pluma, sin detenerse a considerar, en ocasiones, mezcladas quintillas de diverso tipo, si entre ellas se escapaba alguna redondilla, o si en una tirada de trisílabos aparecía un verso de seis... Sirvió primordialmente del octosílabo que usó en forma de romance, de quintillas, cuartetas y redondillas. Le siguen los versos de once sílabas, combinados por lo general con los de siete, sueltos, a la manera de silvas. Hay también dodecasílabos, polirítmicos aquí, divididos en dos hemistiquios de seis sílabas cada uno.

Aparte de aquellas ocasiones en que usa específicamente cuartetas y redondillas, o quintillas de rima varia, éstas aparecen también con profusión en las tiradas de octosílabos rimados libremente, así como los tercetos, los pareados y, en ocasiones, alguna sextilla. Lo mismo ocurre en las «silvas» con la caprichosa combinación de heptasílabos y endecasílabos. Tanto en ellas como en las tiradas octosilábicas son muy frecuentes los versos monorrimos. Tan sólo una vez aparecen el romance dodecasílabo, y el romancillo hexasílabo, la octava real y dos ovillejos. Esta riqueza métrica no tiene tan sólo por fin la variedad y es primordialmente de orden semántico pues a cada situación corresponde un tipo de versificación adecuada.



La venganza es una obra polimétrica que compendia los metros y combinaciones más usados en el teatro por los románticos y luego por los modernistas, y hay en ella claros ecos paródicos del estilo de otros autores y de otras obras. No es difícil reconocer el barroco calderoniano en aquellos versos en los que el protagonista llama a su amada:

Ave, rosa, luz, espejo,

rayo, linfa, luna, fuente,

ángel, joya, vida, cielo...

ni el recuerdo del romancero en la historia de «Los cuatro hermanos Quiñones», recitada por Bertoldino y en la de «Don Lindo García» que cuenta el pretendido Renato. La entrevista de don Nuño con su hija [«¿Y con quién mi boda, padre, has concertado?»] evoca, métricamente, la de los padres de Leonor y Diego [«Don Pedro Segura, seáis bien venido...»] en Los amantes de Teruel. Reconocibles son también los famosos ovillejos del Tenorio en el duelo verbal que sostienen don Mendo y don Pero, en casos como éste, el delicado lirismo zorrillesco,

Y entre estos peñascos romos ,

en este lugar perdido,

que semeja un bello nido ,

de ninfas, hadas y gnomos;

en esta penumbra grata,

bajo esta bóveda oscura,

y oyendo como murmura

la limpia fuente de plata...

De índole modernista son los dodecasílabos que recita Azofaifa [«¿Por qué me engañaste? ¿Por qué me dijiste...»] o la tírada de heptasílabos y tetrasílabos agudos de la jornada III:

Magdalena: Trovador, soñador

(a Don Mendo) un favor

Mendo: ¿Es a mí?

Magdalena: Sí, señor.

Al pasar por aquí

a la luz del albor

he perdido una flor.

Mendo: ¿Un flor de rubí?

En este nivel métrico aparecen también, y profusamente, los recursos degradatorios. Así, los versos esdrújulos que usan palabras extravagantes y que siempre fueron curso de gran efecto cómico:

MENDO

Mora en otro tiempo atlética

y hoy enfermiza y escuálida,

a quien la pasión frenética

trocó de hermosa crisálida

en mariposa sintética... ;

La respuesta de Don Mendo al acoso amoroso de la mora Azofaifa, propicia una de las escenas más populares de la obra:

"¡ Mora de la morería !...
¡ Mora que a mi lado moras !...
¡ Mora que ligó sus horas
a la triste suerte mía !...
¡ Mora que a mis plantas lloras
porque a tu pecho desgarro !...
¡ Alma de temple bizarro !...
¡ Corazón de cimitarra !...
¡ Flor más bella del Darro
y orgullo de la Alpujarra !...
¡ Mora en otro tiempo atlética
y hoy enfermiza y escuálida,
a quien la pasión frenética
trocó de hermosa crisálida
en mariposa sintética !...
¡ Mora digna de mi amor
pero a quien no puedo amar,
porque un hálito traidor
heló en mi pecho la flor
aun antes de perfumar !...
Deja de estar en hinojos.
Cese tu amarga congoja,
seca tus rasgados ojos
y déjame que te acoja
en mis brazos, sin enojos.
No celes, que no es razón
celar, del que por su suerte
en una triste ocasión
por escapar de la muerte
dejó en prenda el corazón.
No celes del desgraciado
que sin merecer reproche
fue vilmente traicionado
y cambióse en medianoche
por no ser emparedado.
Ni a tí ni a nadie he de amar.
Déjame a solas pensar
sentado en aqueste ripio,
sin querer participar
del dolor que participio.
Déjame con mi revés:
Si quieres besarme, bésame,
consiento por esta vez,
pero déjame después.
Déjame, Azofaifa, déjame."

la frecuencia de la rima en agudo como «zumbón» y «gorrón», «trajín» y « ¡A mí... plín! », para aumentar la sensación de ripio; las enumeraciones rápidas y burlescas: «temblorosa, cautelosa, recelosa»; numerosísimas rimas en eco del estilo de «que dura porque perdura» y «son dignas del estro vuestro»; o encabalgamientos voluntariamente torpes, entre los que destaca aquella joya de «pues muy pronto, amigo fiel, / habré de hundírmelo en el / quinto espacio intercostal». Muñoz Seca, en fin, llevó al virtuosismo en su don Mendo el cultivo del ripio, de la rima forzada y del verso malo, todo en aras de la parodia. Abundan en él rimas tan intencionadamente extravagantes como la de «Sigüenza» con «sinvergüenza», «¡Qué risa!» con «prisa», «mereces» con «pieces» [«pies»], «R.I.P.» con «fe» y, a punto de concluir la obra, la risa de don Mendo, loco forma todo un verso «Ja, ja,, ja, ja, ja, já» que rima con «La razón perdido ha».

La venganza de Don Mendo, ayer y hoy

La venganza de don Mendo se estrenó en el teatro de la Comedia, en Madrid, la noche del 20 de Diciembre de 1918. Era el de la Comedia un prestigioso teatro inaugurado en 1875 y a cargo entonces de don Tirso Escudero, que fue su empresario por muchos años. Contaba con una gran compañía y entre los consagrados y noveles que estrenaron La venganza aquella noche figuraban actores muy conocidos hoy. Adela Carboné, «depurada artista», hizo de Azofaifa y, «vestida de mora con largo pantalón bombacho y túnica de crespón morado»; Aurora Redondo, jovencísima entonces, que fue llamada a escena dos veces por el «delicioso acento catalán» de su marquesa de Tarrasa; Juan Bonafé (Don Mendo); Juan Espantaleón (Don Nuño); y un Mariano Asqueríno tan novel que tuvo a su cargo los papeles secundarios de Bertoldino y Froilán. Todos ellos fueron muy alabados en la representación de sus papeles.

La empresa no escatimó gastos al montar la parodia y Eduardo Haro representaba bien el sentir de la prensa contemporánea cuando escribía: «La escena fue servida de todo momento de un modo suntuoso. El decorado, espléndido; los trajes, ricos y artísticos, debidos a bellos figurines hechos por el notable D'Hoy; el atrezzo, todo, en fin, fue magnífico». El decorado se debía a los escenógrafos de la Comedia, Blancas y Amorós. Al éxito contribuyó también un juvenil Federico Moreno Torroba con la «primorosa» danza oriental del tercer acto.

Según opinión unánime de quienes lo reseñaron, el estreno fue «sencillamente arrollador», «aplaudido con estrépito por un auditorio selectísimo», el público estaba «encantado», «se rió constantemente y aplaudió mucho», y se interrumpieron «muchas escenas con espontáneas ovaciones». Es más, ante la insistencia del «respetable», Pedro Muñoz Seca tuvo que salir a escena varias veces al final de cada jornada.

Los reparos fueron escasos. Hubo quienes vieron en La venganza una falta de respeto a nuestros clásicos o un desacato a los románticos, otros lamentaban el exceso de ripios o el que una simple parodia alcanzase la extensión de cuatro actos, y no faltó quien juzgara intolerables por su procacidad algunos chistes y juegos de palabras aunque, al parecer, los espectadores los acogieron con entusiasmo.

Muñoz Seca dominaba la dinámica teatral y tenía muchos años de oficio. Escribió Don Mendo sirviéndose de los mismos recursos que se usaban para hacer los dramas históricos, escogió un tema peligrosamente parecido a los propios de aquellos dramas, lo desarrolló y logró una obra de acción bien planeada, que divierte y llega a interesarnos. Al tiempo que nacía esta parodia, progresaban una refundición suya de Las famosas asturianas de Lope de Vega, y La verdad de la mentira. Parece que don Pedro escribía con la misma facilidad en verso y en prosa aquí se advierten su soltura para versificar y una capacidad para remediar estilos ajenos que revela unos conocimientos literarios bastante amplios y bien asimilados. La venganza de don Mendo presentaba una Edad Media antiheroica y prosaica y unos personajes deshonestos, brutales o simples, y el público tomó esta obra como una parodia para reírse, que es lo que pretendía ser. No faltaron, sin embargo, algunos ingenuos que lamentaron el «desperdicio» que hacía Muñoz Seca de un argumento y de unos versos que, con un poco de arreglo, podrían haber alcanzado alto nivel dramático.

La venganza de don Mendo se estrenó hace sesenta y seis años y, entre España y América, se habrá representado muchos cientos de veces, quizá miles. Todavía las gentes maduras hoy recuerdan versos y frases suyas; se sabían de memoria largas tiradas del Don Mendo y del Tenorio, y se divertían aplicando frases de ambos a situaciones que le parecían oportunas. Esta fidelidad del público contrasta, con la opinión de la crítica por los mismos años que va considerando más y más el astracán como un género relegado por su falta de interés y de calidad literaria. Defendió el astracán Manuel Machado, Torrente Ballester le atribuyó una «comicidad situacional», y González Ruiz, quien juzgaba La venganza una «parodia francamente graciosa», hacía notar su influencia sobre ciertas obras de Jardiel Poncela.

Un vistazo de las ediciones de esta parodia publicadas desde su estreno hasta hoy mostrará que dejando aparte las Obras completas y las impresiones americanas, hubo dos ediciones de La venganza de Don Mendo poco después de su estreno, tres en los años 20 y ninguna durante los de la República y de la Guerra Civil. En cambio hay seis de los años 40 que indicarían una revalorización de Muñoz Seca, posiblemente por seguir todavía el teatro derroteros algo semejantes a los de los años 30, y quizás por razones de índole política. Tres ediciones en los 50, dos en los 60 y otras dos en los 70 marcan el progresivo despego de unas generaciones nuevas que tienen otros intereses y otro sentido del humor.

Sin embargo, La venganza de Don Mendo sigue viva: Afrodisio Aguado continúa reimprimiendo una edición con prólogo de Benavente y graciosos dibujos de Enrique Herreros; se representó hace tres años en Buenos Aires con gran entusiasmo del público, al decir de quienes la vieron; y hace dos se dio, también con éxito, en Madrid. Don Mendo parece haberse convertido por derecho propio en una tradición, en una especie de «obra clásica» popular a la manera que lo son el Tenorio o La verbena de 1a Paloma, de esas que siempre cuentan con un público fiel. La venganza se ha seguido representando en las últimas décadas, en 1981 se volvió a representar por el centenario del nacimiento del autor, en el mismo lugar donde se estrenó, el Teatro de la Comedia.

Fragmento de La venganza de Don Mendo

(Jornada I)

NUÑO

¿Y a qué subísteis?

MENDO

Señor...

NUÑO

No acabo de imaginar.

¿Fue el amor?...

MENDO

No fue el amor

NUÑO

Entonces...

MENDO

Subí a robar

(Asombro en todos.)

NUÑO

¡Miserable!... ¡Presto a él!

MENDO

¡Quietos!... Infeliz de aquel

que intentare, ¡ay, Dios!, llegar

a don Mendo Salazar

y Bernáldez de Montiel

(Se desemboza)

NUÑO

¿Ladrón vos, Don Mendo? ¿Vos?

RAMÍREZ

(Aparte a MAGDALENA)

Por salvarnos a las dos

ya ves, su infortunio labra

MENDO

(De salvarla di palabra

y la cumplo, vive Dios)

NUÑO

Un Marqués cual vos, ¡qué afrenta!

¿Cuándo viose acción tan doble?

MENDO

Nunca ha de faltar un noble

que robe más de la cuenta.

NUÑO

¿Pero vos?...

MENDO

Y a fuer de honrado,

antes de rendir la espada

que mi delito ha manchado,

quiero confesar, que nada

de amor hame aquí arrastrado.

PERO

¡No! ¡No!... ¡Nunca lo creeré!

LORENZANA

Ni yo.

MAGDALENA

¿Qué decís?

PERO

¡No sé!

Permitid que en creerlo luche.

MAGDALENA

(Recogiendo el suelo el estuche que tiró don Mendo)

NUÑO

El de tu collar

MAGDALENA

¡Sí!

PERO

¿eh?

MENDO

Como tan poco valía

no lo quise para mí

NUÑO

Pero...¿ y el collar?

MENDO

(Enseñándolo)

¡Aquí!

PERO

¡Era verdad!

NUÑO

¡Lo tenía!

MENDO

Tomadlo, y perdón, señora,

si os lo quise arrebatar

(Le da el collar).

FIN
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

PEDRO MUÑOZ SECA:EL HUMOR DENTRO Y FUERA DEL TEATRO

PEDRO MUÑOZ SECA:EL HUMOR DENTRO Y FUERA DEL TEATRO Muñoz Seca se da a conocer como autor cómico y llega en momentos de gran actividad para la escena española. La ocupan comediógrafos, dramaturgos y saineteros que tendrán en común, la mayoría, el gozar del favor del público durante largos años. A la cabeza de los primeros figura Benavente, tenido por maestro de la comedia en el primer tercio de siglo (La Malquerida, 1913, Campo de Armiño y La ciudad alegre y confiada, ambas de 1916) y, dentro de la corriente benaventina están Linares Rivas (La garra, 1914) y Gregorio Martínez Sierra. Carlos Martínez Arniches, que comenzó en 1888 como uno de tantos saineteros del "género chico", se convertiría luego en el autor cómico más importante de su tiempo con "tragicomedias grotescas" como La señorita de Trevélez (1916) y ¡Que viene mi marido! (1918). También Muñoz Seca tuvo contactos con los hermanos Álvarez Quintero, quienes durante más de medio siglo dieron a la escena gran cantidad de obras costumbristas y sentimentales en las que pintaban una Andalucía convencional y amable.

El nombre de Muñoz Seca se identifica pronto con el de un género teatral nuevo, -el astracán- y solo, o con sus colaboradores Pérez Fernández y luego García Álvarez, dio a la escena trescientas obras cómicas entre 1915 y 1936.

El astracán es un género cómico menor que sólo pretende hacer reír pero, eso sí, a toda costa, utilizando chistes, a veces, incluso de mal gusto. Los críticos señalan que proviene directamente del juguete cómico, cuyos recursos ridiculiza, y González Ruiz observa que en el juguete cómico, el equívoco planteado acaba por deshacerse mientras que la peculiaridad del astracán consiste en llevar el convencionalismo de frente y dejarlo descarnado ante el público. En este caso, la acción, las situaciones y los personajes dependen del chiste, que suele ser de rutruécano, y de las deformaciones cómicas del lenguaje. Para los críticos:

"Muñoz Seca, a ciegas, mezclándolo todo, sin finura, a pesar de su carácter, temperamento y cultura nada revolucionarios, pega el primer puntapié a los viejos esquemas del teatro cómico español y comienza, sin más ni menos, el teatro del absurdo. El teatro del disparate. El astracán."

Su teatro era habilisísimo, graciosísimo, y fue el autor teatral más aplaudido y respetado en España entera durante diez años seguidos. De ingenio chispeante, con dominio de la técnica teatral y de fácil pluma, después de cultivar el sainete y el juguete cómico escribió la famosa obra Trampa y cartón (1912), perteneciente al género que él creó, el astracán. Su colaboración con Enrique García Álvarez marcó el apogeo de este tipo de obras, de que puede ser ejemplo El verdugo de Sevilla, La venganza de Don Mendo, parodia de los dramas poéticos y acaso la mejor obra del autor.

LA VENGANZA DE DON MENDO

Su obra más famosa fue La venganza de Don Mendo, «caricatura de tragedia en cuatro jornadas» estrenada en el teatro de la Comedia por Bonafé y por Irene Alba, con éxito extraordinario. No deja de resultar paradójico que Muñoz Seca escribiera obra tan regocijante en medio de una larga enfermedad; según testimonio familiar, éste padeció una úlcera de estómago que le obligó a guardar cama por tres meses y a régimen de leche solamente. En esta situación escribió dicha obra en la que la afición que tuvo por el teatro clásico del Siglo de Oro se muestra emparejada con las técnicas propias del astracán. Entre sus papeles se conservan unas páginas manuscritas de El pendón de don Fruela, también parodia de un drama histórico, y que José Montero Alonso, no se sabe con que fundamento, considera escrita con anterioridad al Don Mendo y quizá su fuente de inspiración. Por ello, se considera a la obra como una "parodia", y se puede describir como una imitación burlesca de una obra seria en literatura.

Pero las parodias existieron desde la antigüedad, y nunca respetaron ningún género literario, se encargaban de criticar los aspectos más vulnerables de una obra. Pero para que tenga éxito, el espectador tendría que estar familiarizado con el texto parodiado y que lo reconozcan a través de la degradación experimentada en la versión paródica. Se dice degradación porque las parodias pretendían dar una visión antidramática de la obra parodiada. A lo largo de la historia del teatro español, se han hecho "comedias burlescas o de disparates" basadas en obras muy conocidas, que culminaron en 1918, año en que se estrenó la obra cumbre del comediógrafo portuense, La venganza de Don Mendo.

Cuando apareció Don Mendo, el público español tenía el recuerdo difuso de las obras lopescas y calderonianas, muchos de cuyos elementos habían recogido los dramas del Romanticismo. Muñoz Seca conocía bien a su público y el momento teatral, y no se propuso hacer reír a costa de dramas apenas recordados del Siglo de Oro, sino a costa del movimiento reciente modernista.

La venganza de Don Mendo es una obra brillante que abunda en juegos de palabras y chistes y que es una degradación a todos los niveles de los elementos propios del drama histórico, con fines paródicos. Los anacronismos presentan una mezcla detonante del ayer y del presente, y los personajes medievales se mueven en un mundo dominado por la moral utilitaria del tiempo de Pedro Muñoz Seca.

El argumento

Jornada Primera: Don Nuño Manso de Jarana tiene una hija, Magdalena, a la que va a casar con don Pero, duque de Toro y privado del Rey. Esta tiene amores con don Mendo, nobilísimo pero pobre, a quien suele echar una escala desde su cuarto para que la visite por las noches. Sube don Mendo y cuenta que se a endeudado jugando a las cartas y a perdido el honor. Como Magdalena quiere casarse con el rico don Pero, ofrece a don Mendo su collar de perlas para que pague su deuda y luego marche a la guerra. En esto, don Pero que pasaba cerca del castillo, ve la escala y sube por ella; al ruido aparece luego don Nuño. Don Mendo ha prometido no deshonrar a Magdalena y jura que entro sólo a robar el collar, a pesar de enterarse que ésta va a casarse con el de Toro.

En la jornada Segunda, Don Mendo esta preso en un torreón. Es el día de la boda; Magdalena y don Pero entran a visitarle pues el futuro marido todavía sospecha de la pretendida virginidad de Magdalena. Don Mendo sigue callando aunque su antigua amante le manda emparedar vivo. Su amigo, el marqués de Moncada, llega disfrazado de fraile y salva a su amigo don Mendo.



Jornada tercera: Campamento militar de don Pero. Cuentan a Moncada que se espera al rey y que este es amante de Magdalena; aunque ella, que es muy casquivana, adora a un misterioso trovador en quien Moncada reconoce a don Mendo. Los hilos de la acción comienzan a enlazarse unos con otros. La reina se enamora del Trovador y le cita en una cueva cercana; el Rey cita a Magdalena en el mismo lugar y hora; Magdalena lo hace con el Trovador; el marido y el padre de ésta lo oyen y acuden por su lado para lavar su honor; Azafaifa, mora que acompaña al Trovador y le ama, va también para vengarse de su rival.

La Jornada Cuarta tiene lugar dentro de esta espaciosa cueva en la que se buscan y evitan todos los personajes, empujados unos por el amor y otros por la venganza. Anagnórisis dramática: el Trovador se da a conocer a Magdalena como don Mendo. Don Pero se mata al ver que el Rey le deshonra con Magdalena y la maldice, el Rey mata a don Nuño quien quería acabar con Magdalena y cae maldiciendo a su hija también. Azofaifa apuñala a Magdalena y Don Mendo, al saberlo, atraviesa a mora. Luego se suicida con el mismo puñal. La cueva queda cubierta de cadáveres y de damas desmayadas.

El contenido temático

Las parodias teatrales suelen ser obras en un acto que hacen reír a costa de las escenas o los aspectos más destacados de otra obra. En cambio, La venganza de Don Mendo, como habían hecho antes Manojo de Cruz y Muérete... y verás de Bretón de los Herreros, no apunta a ninguna en particular sino a todo un género teatral.

Más que una "caricatura de tragedia" La venganza lo es de los dramas históricos románticos y de los poéticos cuya estructura y características principales conserva. Tiene lugar en siglo XII y durante el reinado de Alfonso VII de Castilla. Alfonso llegó a titularse Emperador y guerreó con suerte varia contra otros reyes cristianos y contra los moros. De su vida privada sabemos que casó dos veces, la primera con Doña Bernegales, hija del conde de Provenza, y que tuvo por amante a una hermosísima asturiana llamada Doña Gontroda. Hasta aquí la historia. A la inventiva de Muñoz Seca se debe el modo con que se comportan estos reyes y la resistencia de los otros personajes, así como los nombres de los lugares geográficos citados.

El argumento muestra los desdichados efectos de una pasión defraudada; el amor por Magdalena en la Primera Jornada, da lugar en la Segunda a una lucha en el pecho de don Mendo entre la promesa de callar y el deseo de venganza, deseo que aumenta en la Tercera al ver la veleidad de Magdalena, y que estalla en la Cuarta para alcanzar a todos. Como los demás dramas históricos, don Mendo no respeta ni la unidad de tiempo, pues la acción abarca un periodo indeterminado de varios años, ni la de lugar, ya que los acontecimientos suceden en sitios muy diversos, ni la de acción, complicada de tal modo que en la jornada Cuarta apenas hay personaje sin su propio "lío" amoroso.

Los finales de acto son de gran efecto teatral y ponen de manifiesto una vez más el dominio del arte escénico que tenía Muñoz Seca: la promesa de venganza que hace don Mendo; su despedida enigmática al abandonar la cárcel; el baile oriental; y un desenlace sangriento en el que el protagonista muere al tiempo que revela su identidad; "Sabed qué menda... es don Mendo/ y don Mendo... mató a menda". Finales todos semejantes a los que suelen darse en los dramas históricos pero dotados en este caso de unos elementos paródicos que los degradan y que cambia en risa lo que deberían haber sido emoción y lágrimas.

El reparto incluye galanes, damas y barbas, mensajeros, dueñas y trovadores, y unos comparsas tan variopintos como numerosos para figurar ejércitos y cortejos. Dan el toque exótico las moras y judías de Renato con sus danzas orientales, el confidente, el confidente Ali-Fafez, y el gracioso conjuro en "árabe" con el que Azofaifa hace hablar a los difuntos.

En cuanto a las situaciones, don Mendo trae ecos de muchas obras conocidas, sobre todo de las propias del teatro romántico. Una buena parte del público de Muñoz Seca, medianamente culto por sus lecturas o por frecuentar el teatro, no podría menos de hallar cómico el encontrarse con personajes o situaciones conocidas de otras obras, y caricaturizadas ahora.

Los personajes

Don Mendo, descrito como un "apuesto caballero como de treinta años, bien vestido y mejor armado" es en lo fundamental el héroe romántico enamorado, valeroso y galante. Es víctima de su respeto a los valores caballerescos y no quebranta el juramento hecho a Magdalena aunque ésta le engaña y pretende matarle. Al escapar de la cárcel abandona su identidad y privilegios sociales para convertirse en un hombre nuevo, nombrado apropiadamente Renato, el juglar errabundo, marcado por el destino:

Soy un ente, una quimera;

Soy un girón, una sombra;

Alguien sin patria y sin nombre...

Una aberración...un hombre

Que de ser hombre se asombra.

Cual una nota perdida

Con la ceniza en la frente,

Naufragaré en el torrente

Proceloso de la vida.

¿De qué viviré? ...¿Qué haré?

¿Dónde al cabo moriré?...

¿Aquí o allá?...¿Qué más da?...

¿Seré malo?...No lo sé.

¿Seré bueno? ¡ Qui lo sa?

A partir de ahora este misántropo tan sólo vive para venganza pero las mujeres se vuelven tan locas por él – Azofaifa, Doña Berenguela, la marquesa de Tarrasa, Magdalena sin reconocerle- que Moncada, asombrado, le pregunta: "¿Pero, Mendo, qué las das?". El ser hombre de honor no impide que don Mendo sienta debilidad por las cartas, por el cariñena y por las mujeres guapas y todavía a punto de consumar su venganza, hace el don Juan alegremente del brazo de Doña Berenguela.



Acostumbrados a unas angelicales heroínas fieles hasta la muerte y a otras depravadas y diabólicas, Magdalena no resulta ni Isabel de Segura ni Lucrecia Borgía sino una mujer amoral, calculadora y arribista. Puesta en la clásica situación de escoger entre el amante pobre y el pretendiente rico impuesto por el padre, prefiere al último porque Don Mendo "carece de fortuna/ y no es amigo del rey... / no me conviene...", "quiero triunfar en la Corte, / quiero brillar"(I, 159-64). Para Magdalena el fin justifica los medios y como una despreocupada "Belle dame sans merci" no duda en quitar de en medio al enamorado testigo de su deshonra. Como es experta en fingimientos suele jurar en falso, engañar a todos, acusar de mentiroso hasta a su propio padre y desmayarse cuando le conviene. Su incontinencia amorosa es notoria: se acuesta con don Mendo porque la divierte, con el rey Alfonso, quien la conquistó "al cabo de media hora", para medrar, con otros muchos por devaneo y, encaprichada del trovador, le piropea y le persigue. Tampoco tiene inconveniente la reina en jugársela a su regio consorte y enamora al trovador con democrático desahogo. Tan sólo la dueña Doña Ramírez pretende ser la conciencia de Magdalena pero ésta no le hace ningún caso con lo que la dueña concluye por inhibirse tranquilamente.

Entre los protagonistas masculinos, don Nuño, padre de Magdalena, y don Pero, esposo, hacen papeles de respeto de los que dan el tono moral a los dramas. Aquí, en cambio, resultan ser unos pobres diablos que hablan campanudamente pero que salen siempre engañados y acaban de modo ridículo. Muñoz Seca, que tan aficionado fue a los toros, no escatimó chistes sobre los cuernos de sus personajes: don Nuño se apellida Manso de Jarama, don Pero es duque de Toro y el desdichado don Mendo, marqués de Cabra.

El decoro, esa "correspondencia entre la condición o índole de un personaje y las acciones y modo de hablar que se le atribuyen en una obra literaria", brilla aquí por su ausencia. Los contemporáneos de don Mendo tienen muy pocos prejuicios morales y actúan con una frescura que regocija pues la comicidad estriba aquí en el contraste entre lo que estas gentes deberían ser y lo que son en realidad. El "fresco", según una de las aceptaciones de la palabra que el Diccionario de la Academia tiene, es un "desvergonzado, que no tiene empacho". Lo son Magdalena, la reina, don Mendo y el mismo Alfonso VII quien visita a don Pero para citarse con Magdalena, a la que pregunta , amoroso , mientras la ciñe la espada : "¿ Por qué no me has escrito, vida mía?".

En fin, La venganza de Don Mendo es un drama de honor protagonizado por gentes que no lo tienen. En lugar de principios morales hay conveniencias, en lugar de amor, caprichos y líos de faldas. El drama concluye con tonos de vaudeville en la escena de la cueva con una danza de maridos y de mujeres que evitan ser vistos cuando engañan a sus cónyuges, y de maridos que se ofenden al descubrir que sus esposas también les faltan.

La puesta en escena

Además del texto escrito hay otros elementos de capital importancia en la obra de teatro como los decorados, las indicaciones acerca de los personajes y de su modo de representar, y los efectos de luz o de sonido, que caen dentro del dominio de la puesta en escena.

Los decorados en las cuatro jornadas son muy propios de las obras históricas: sala de armas en un palacio, de noche; una mazmorra abovedada; campamento militar entre árboles y con una ciudad amurallada en lontananza, y en el interior de una gran cueva con una cascada y llena de galerías y recovecos. No faltan esos cuadros coloristas y pomposos, tan característicos, como la llegada del rey y su séquito al campamento (III), o la visita de don Pero y Magdalena a la mazmorra, en la que "Entran en escena, primero dos frailes cistercianos, caladas las capuchas, luego don Nuño, don Pero, el Abad con su gran mitra, don Juan, don Tirso y don Crespo, tres nobles de Pravia, frailes, soldados, etc. Por último entra Magdalena, con el traje de boda, apoyada en Doña Ninón» (II).

Sin embargo, el omnipresente afán paródico desvirtúa el dramatismo de las situaciones o algún detalle inesperado las convierte en ridículas. La presencia de don Mendo al pie del torreón de Magdalena se advierte por los compases de «El relicario», un cuplé muy popular en tiempos de Muñoz Seca (I), «trompetazos y musiquilla» solemnizan la llegada del monarca al campamento (III) y para ver bien al trovador, Doña Berenguela se cala los impertinentes (III). La misma comicidad por degradación tiene las acotaciones escénicas que van dirigidas más a los lectores del texto que al director de escena. Así, la dueña Doña Ramírez es «una mujer como de cincuenta, algo bigotuda y tal», y Magdalena, al saber que su padre la destina a don Pero, acciona «aterrada, dejándose caer sin fuerzas en una silla, digo sin fuerzas, porque si se deja caer con fuerzas puede hacerse daño» (I).

La lengua paródica

Para Ricardo Senabre, fue Arniches quien inventó la «dislocación expresiva» de la lengua, y ésta consiste en «la deformación intencionada de vocablos y expresiones con fines humorísticos». En Arniches se inspiró Muñoz Seca y sus obras abundan al nivel semántico en los chistes y juegos verbales característicos de un género propio llamado astracán. Del astracán provienen no pocos de los recursos de deformación semántica y fonética que caracterizan los versos de don Mendo. En ellos, la dislocación, del lenguaje está encaminada a ridiculizar un modo de escribir pretendidamente clásico que resultaba ya solemnemente hueco y que iba sembrado de tópicos y de frases hechas.

En primer lugar, hay aquí elementos de esa imitación convencional del castellano antiguo llamada «fabla», jerigonza que usaron los románticos siempre con poca fortuna:

Un collar Sancha tenía

y a don Lindo lo entregó

para perdelle y aluego

matalle sin compasión.

Que la noche que donóle

el collar..."
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres