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CLUB DE POETAS

EN EL TREN (por brissa)

EN EL TREN  (por brissa)

Desde su asiento del tren, al lado de la ventanilla, Natalia observaba el paisaje de modo automático. Pasaba ante sus ojos, sin que pudiese precisar ningún detalle, solo árboles, campo, viviendas desperdigadas...Sus pensamientos le impedían prestar atención a lo que iba quedando atrás, en tanto que el tren avanzaba.

A pesar de lo mucho que gustaba de recrearse en observar e imaginar cosas relacionadas con lo visto a lo largo del recorrido, en esta ocasión sus ojos permanecían tras las gafas de sol oscuras, sin dejar adivinar una mirada que vagaba vacía de expresión. Cuando viajaba, siempre buscaba sentarse al lado de la ventanilla, ya fuese en tren, en coche o en autobús, deseosa de mirar todo lo que asomaba ante sus ojos y dejar volar la imaginación.

A veces, veía a lo lejos un bosque, y paseaba entre sus árboles por senderos invisibles, y en su paseo imaginario casi nunca caminaba sola. Otras veces, se encandilaba ante la visión de una casa de campo, situada en medio de un paisaje idílico, e imaginaba ser dueña y señora de tan espléndido rincón, y compartirlo con el hombre de sus sueños. Veía las ventanas cerradas, las persianas bajas por ser hora temprana y pensaba: - Si ese fuese mi hogar, tal vez ahora mismo estaría amaneciendo en sus brazos. Abriría los ojos perezosos a la mañana; y podría volverme a él, y que mis ojos fuesen lo primero que viese al abrir los suyos, y mis labios lo primero que rozase su piel en el despertar al nuevo día.

Sabía que tales pensamientos bordeaban para muchos la línea entre lo romántico y lo cursi, pero no le importaba; lo sentía así, con intensidad. Nunca ocultó -allá en la adolescencia- ser ávida lectora de Bécquer o Lamartine, incluso cuando ello era motivo de burla y escarnio por parte de un entorno más bien existencialista. Ella era así. De su boca surgía siempre la palabra que nadie se atrevía a decir, en el momento más inoportuno posible. Algunos decían que era inconsciencia; otros tildaban de prepotencia o impertinencia ese modo suyo de avasallar con toda naturalidad a quienes consideraba inferiores, ya fuese por su falta de ética o por hacer ostentación de cualquiera de esos defectos que a Natalia le podían -a saber: soberbia, avaricia, maledicencia..- . Muchos la tildaban de desconsiderada, e incluso cuestionaban su buena educación de "colegio privado de religiosas", pero lo que nunca…jamás dijo nadie de Natalia es que fuese vulgar. Aplicar tal calificativo a alguien tan “peculiar” sería igual de inaceptable que la posibilidad de que el Presidente del Senado presidiese una sesión vestido de lagarterana, -o al menos eso diría Natalia si la enfrentasen a tal cuestión-.

Ella, que practicaba la autocrítica a menudo, y decía ser implacable consigo misma, reconociéndose poseedora de defectos al por mayor, aunque sus defectos casi siempre se hallaban más cerca de poder ser considerados virtudes, y por supuesto alejaban a Natalia de cualquier posición que rozase, ni tan siquiera de lejos, la vulgaridad, que para ella más que un defecto era una tara, una limitación que caía sobre algunos de sus semejantes como un pecado original, un estigma que les marcaba a fuego.

Un mentiroso, si pone voluntad podría dejar de mentir. Incluso la soberbia puede vencerse y si no alcanzar la sublime humildad, si al menos soltar el lastre del orgullo. “Pero alguien vulgar…..¡ay señor!, eso es otra cosa. La vulgaridad no es algo que se pueda curar con una simple declaración de intenciones. No basta con un acto de voluntad, y ni tan siquiera la ayuda recibida del entorno puede vencer la condición vulgar. Es como tener los ojos azules y desear tenerlos negros -solía decir Natalia-, como mucho puedes disfrazar su color con unas lentillas oscuras, pero en cuanto te las quitas, ahí están tus ojos reflejando el color del cielo, y es que la naturaleza da pocas oportunidades a la corrección.”

Pero esta mañana, acunada por el traqueteo del tren, no pensaba en sus semejantes. Esta mañana, tan solo era la dueña de sus pensamientos. Y es que, mientras que el tren se acercaba a su destino –y lo de acercarse no dejaba de ser simbólico, ya que apenas habían transcurrido dos horas, en un viaje de seis- el corazón de Natalia se aceleraba y su pensamiento volaba hacia esos cinco días, tan esperados, tan planificados hasta el último detalle –¿quién dijo que la planificación no pudiese ser romántica?-.

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